Los ataques militares de Estados Unidos e Israel contra Irán representan una gravísima escalada bélica en Medio Oriente. No solo profundizan la destrucción y el sufrimiento de los pueblos de la región, sino que además debilitan aún más el derecho internacional y el ya frágil sistema multilateral. Frente a ello, los pueblos del mundo no podemos guardar silencio.
Más allá de las disputas entre potencias, quienes siempre pagan el costo de estas guerras son los pueblos trabajadores: mujeres, niñas, niños, familias enteras obligadas a vivir bajo las bombas, el desplazamiento y la destrucción de sus territorios. Como tantas veces en la historia, la violencia imperialista se descarga sobre la población civil y sobre los países más débiles.
Para un país como Chile, profundamente dependiente del comercio exterior y de la importación de energía, las consecuencias de esta escalada no son lejanas ni abstractas. El alza del precio internacional del petróleo y la inestabilidad del comercio mundial encarecen el transporte, los alimentos, la energía y también los materiales de construcción. Es decir, golpean directamente el bolsillo del pueblo trabajador y agravan aún más las condiciones de vida de las mayorías, incluyendo a las familias que luchan día a día por el derecho a la vivienda y a la ciudad.
Por eso, esta no es solamente una cuestión de política internacional. Es también una cuestión social y popular. Cada guerra imperialista tiene repercusiones concretas sobre nuestras condiciones de vida, sobre el costo de habitar, de movilizarnos, de alimentarnos y de construir un futuro digno para nuestras comunidades.
Pero junto con el impacto económico, hay un problema todavía más profundo: la erosión del derecho internacional. La comunidad internacional no puede sostenerse sobre la ley del más fuerte. Si las grandes potencias actúan militarmente de forma unilateral, pasando por encima de la soberanía de los pueblos y vaciando de sentido a los organismos multilaterales, lo que se impone es un mundo cada vez más peligroso para los países del sur global.
Desde América Latina debemos levantar una posición clara: defensa irrestricta de la soberanía, de la autodeterminación de los pueblos, de la no intervención y del multilateralismo. Nuestra región debe actuar unida para impedir que la ofensiva imperialista siga avanzando y para defender su derecho a construir un destino propio, sin tutelas ni imposiciones extranjeras.
En Chile, vemos con preocupación la subordinación de Kast a la agenda estratégica de Estados Unidos. En lugar de defender una política exterior independiente y soberana, su orientación apunta a alinear al país con los intereses de Washington en un escenario mundial cada vez más conflictivo. Esa obsecuencia no fortalece a Chile: lo debilita y lo expone.
Hoy más que nunca, necesitamos una voz firme desde el campo popular: contra la guerra, contra el imperialismo y contra toda forma de dominación sobre los pueblos. La solidaridad internacionalista no es una consigna vacía; es una necesidad política y moral frente a un sistema que normaliza la devastación de naciones enteras en nombre de sus intereses geopolíticos y económicos.
Defender la paz no significa neutralidad frente a la injusticia. Significa ponerse del lado de los pueblos agredidos, del lado de la soberanía, del lado del derecho internacional y del lado de quienes resisten la dominación imperial.
¡Fuera las manos de EE.UU. e Israel de Irán, Palestina y Medio Oriente!
¡América Latina unida, libre, soberana y en paz!
¡No al imperialismo, sí a la autodeterminación de los pueblos!
¡Es luchando como avanza el pueblo!