Editorial Ukamau: “Por una república con pueblo” – Lunes 14 de Septiembre

Esta semana se conmemora un nuevo aniversario de la primera independencia de Chile. El 18 de septiembre de 1810 la elite criolla, compuesta por una aristocracia terrateniente surgida del dominio establecido sobre indígenas y pueblo mestizo, se reunió en la Primera Junta de Gobierno para definir una estrategia en defensa del rey y de su dominio local.

La guerra de independencia (1810-1823) y la disputa por el control de la nueva república (1823-1830) terminó con la redacción de la Constitución de 1833 que garantizó el poder político al sector más conservador de dicha aristocracia, excluyendo al pueblo de la participación en el Estado, es decir, con la fundación de una república sin pueblo.

Así, la república chilena nació divida entre una elite propietaria de la tierra que se había hecho del control del Estado mediante el uso de la fuerza, de mentalidad tradicional y excluyente, y un pueblo indígena y mestizo sin derechos y participación política, obligado a luchar desde fuera del sistema por sus intereses y bienestar, esto es, por más democracia.

La manera en que la actual elite política, reunida en el Congreso, ha enfrentado el proceso constituyente muestra que esta división ha sobrevivido más de 200 años. Las ideas y sobretodo prácticas democráticas en esta elite son débiles aún. No hay en ella interés genuino por la participación ciudadana que sustente los cambios modernizadores y democratizadores que el país necesita. La mayor parte de sus esfuerzos y recursos los están destinado a la disputa por cupos y a la instalación artificial de candidatos, y no al proceso constituyente, que, si bien ofrece poco rendimiento económico al partido, es fundamental para la democratización del país.

La campaña por el plebiscito constitucional ha mostrado que a esta elite le importa más evitar la participación política del pueblo que el resultado de la elección. Derechistas por el apruebo y centro-izquierdistas vía omisión por la abstención son las maniobras que buscan desincentivar nuestra participación política. Una baja participación electoral, acotada a las bases de los partidos tradicionales, puede confirmar y legitimar el acuerdo excluyente entre la derecha y la ex Concertación, es decir, relegitimar la política de los acuerdos de los últimos 30 años.

De este hecho emana la importancia de la participación electoral de las mayorías desplazadas y despolitizadas, muchas de ellas populares. Es ese 60% de ciudadanía que está fuera de las bases de apoyo de los partidos tradicionales y de las redes clientelares la que puede producir los cambios.

Fue ese pueblo indígena y mestizo que esta fuera del sistema político, pero dentro de la gran política, en las comunidades, calles, plazas, poblaciones, ollas comunes, movimientos sociales, entre otros, el que rompió el cerrojo institucional que dejó la dictadura, obligando a los partidos a crear un mecanismo que permita abrir la puerta, pero sin abrirla todavía.

El plebiscito definirá si la puerta se clausura o abre de forma definitiva. Vale decir, no se trata de una elección cualquiera, sino de la posibilidad histórica de institucionalizar los cambios que la revuelta social plantea, de abrir camino -por fin- a una segunda independencia o república con pueblo.

Editorial Ukamau
14 Septiembre

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